miércoles, 16 de mayo de 2012

Bellator: capítulo dos


Capítulo dos

Al caer la noche volví algo más animado a mi casa, había apartado de mi mente la visión y ya no estaba tan inquieto. Mientras me preparaba una cena ligera sonreí para mí mismo al recordar algunas de las bromas que Anais había hecho a mi costa durante la tarde. Pensé también en la última vez que mi madre había estado en casa, lo distante que se mostraba y como apenas si me había dirigido la palabra. Solo cuando volví a preguntarle por mi padre cambió su gesto serio por tristeza. Aún así no me contó nada sobre él. Mis intentos de conocer algo de él siempre habían acabado en un fracaso absoluto y aquella vez no fue distinta

Mientras cenaba, traté una vez más de imaginarme a mi padre. ¿Me parecería a él? ¿Por qué nadie quería contarme nada? Era como si todo el mundo hubiera sellado algún tipo de pacto secreto al respecto o como si simplemente todos hubieran decidido olvidarse de él. Recogí los platos y los fregué malhumorado. Al terminar, me metí en la cama rezando para que el sueño me llegara pronto y pasara horas dando vueltas en la cama como la noche anterior.



Un imponente acantilado se alzaba ante mí, me encontrada de pie mirándolo fijamente desde la misma playa de arena negra, las olas bañaban mis pies y podía incluso sentir como mojaban el bajo de mi pantalones. Giré la vista hacia el sur, donde la playa terminaba bruscamente y se alzaba una hilera de árboles enormes. Algo se movió entre ellos muy velozmente, apenas un borrón. Esta vez me concentré en el bosque escudriñando las sombras, estaba seguro de que alguien me estaba observando. A pesar de que era una noche sin luna, era capaz de ver lo que rodeaba sin ningún problema. Detecté otro movimiento hacia mi izquierda, pero seguí sin poder distinguir de que se trataba. Me encaminé hacia los árboles lentamente y justo al alcanzarlos volvió a mí aquella angustiosa sensación de pérdida. En el mismo momento en que la rabia comenzaba a inundarme oí un alarido desgarrador que me hizo correr adentrándome en el bosque. Los árboles fueron desdibujándose a mi paso mientras corría.


Desperté gritando y empapado en sudor pero sin embargo temblaba de forma descontrolada. Una ola de sentimientos me invadió repentinamente: miedo, placer, remordimiento, cansancio; todos a la vez. Me agarré la cabeza con las manos como si con ello pudiera conseguir dejar de sentirlos y volví a gritar esta vez totalmente consciente, hasta que sólo sentí mi propia confusión. En ese mismo instante la puerta de mi cuarto se abrió y entró Nash. Su gesto era de clara preocupación, aunque su mirada de determinación al acercarse a mí no dejaba lugar a dudas, sabía perfectamente lo que estaba ocurriendo. Había alguien más detrás de él pero no me molesté en mirar quién era. Mis ojos estaban fijos en los suyos.

–Ha empezado –Fue lo único que pude escuchar antes de que la ola de sentimientos me embistiera de nuevo con una potencia aún mayor.

Todo comenzó a oscurecerse y comprendí que me estaba desmayando. No hice nada por evitarlo, la inconsciencia carecía de todas esas sensaciones que habían empezado a atormentarme, cualquier cosa era mejor que aquella abrumadora turba de sentimientos.



Volvía a estar en la playa. No notaba ninguna sensación ajena a mí, lo que me hizo sentir un inmenso alivio. Una vez que comprendí que estaba teniendo de nuevo una visión, corrí inmediatamente hacia el bosque. Algo me acechaba y quería saber que era antes de que la visión se desvaneciera de nuevo. Me apoyé en un árbol cercano y dejé que mis ojos vagaran entre los árboles buscando lo que quiera que se escondiera entre ellos. En ese momento caí en la cuenta de que estaba tomando mis propias decisiones, aquello era algo más que una simple visión. Había conocido a algunos bellator clarividentes, como la madre de Anais, y sus visiones se desarrollaban al margen de su presencia, era como ver una película, o más bien, como estar dentro de ella pero con un guión ya escrito y sin opción a la improvisación. ¿Podría influir yo en ellas o simplemente los hechos se desarrollarían sin interferencia alguna a pesar de mi presencia?

Algo se movió entre los árboles, el sonido de pisadas sobre el manto de hojas que cubría el suelo llegó hasta mí junto con un jadeo. Fijé la vista en la dirección de la que procedía el ruido y fui acercándome lentamente procurando no hacer ruido, aunque estaba seguro de que fuera lo que fuera que había entre los árboles ya sabía que yo estaba allí. De repente, escuché murmullos justo delante mío. Permanecí quieto y agudicé el oído tratando de entender lo que decían. Dos voces femeninas discutían airadamente, pude sentir la rabia, el resentimiento, la tristeza, todo legaba a mí aunque sin la misma intensidad que antes, como si un filtro las atenuara. Avancé hacia las voces escondiéndome tras los árboles que encontraba a mi paso intentando no delatar mi presencia. Por fin dos figuras aparecieron ante mí, me refugié rápidamente detrás de un grueso árbol retorcido, amparándome en su sombra para evitar ser visto. Me asomé de nuevo lentamente. ¡Era Anais! Casi grité de alegría al verla. Mantenía una expresión de desolada tristeza, pero sus ojos brillaban con furia. Jamás en toda mi vida la había visto así. Además, estaba ligeramente cambiada, parecía más segura y desde luego estaba aún en mejor forma. Comprendí enseguida que ya era un bellator.
De espaldas a mí había otra chica con una larga melena castaña que le sobrepasaba la cintura. Vestía una chaqueta ligera y unos pequeños pantalones que dejaban al aire la piel de sus piernas, una piel pálida y perfecta. Se inclinaba en dirección a Anais en actitud claramente defensiva. No podía verle la cara pero sus sentimientos llegaron nítidos hasta mí. Estaba enfadada con Anais, pero un sentimiento de pena emanaba aún más fuertemente de ella. Sentí su tristeza tan intensamente como si fuera mía y me dieron ganas de abrazarla y susurrarle al oído palabras de consuelo.
Sin ser apenas consciente de ello, mi cuerpo se dejó llevar por la necesidad de aplacar su evidente desgracia y avancé un paso en su dirección. Una pequeña rama crujió bajo mi pie rompiendo el inquietante silencio. La desconocida se convirtió en un borrón en movimiento y Anais gritó desesperada.



De nuevo desperté gritando y traté de sentarme. La ropa se me pegaba al cuerpo empapada en sudor y notaba mi piel extremadamente caliente, como si tuviera fiebre. Sabía que el calor era normal, que el cambio requería de una cantidad elevada de energía y que mi cuerpo quemaba todo lo disponible para que este se produjera. Unas manos me sujetaron con fuerza contra la cama y luché por liberarme. En un acto reflejo, mi brazo derecho empujó el cuerpo que se cernía sobre mí y vi como salía volando contra el pequeño armario que había cerca de la ventana destrozándolo. La ola de sentimientos me golpeó de nuevo, la preocupación de los que me rodeaban fluía hacia mí como un río desbordado. Todo era tan intenso que parecía que me iba a desgarrar las entrañas. Finalmente, el dolor me obligó a recostarme en la cama agotado.

–Está siendo duro, lo sé –dijo Nash mientras se levantaba del suelo con una sonrisa en los labios– pero podías haberte ahorrado el empujoncito.

No pude evitar agradecer su particular humor aún en la más complicada de las situaciones, la calma que desprendía supuso además un momentáneo alivio. Intenté hablar pero tenía la garganta extremadamente seca, como si llevara días sin beber nada. Miré a mi alrededor y pude ver a dos hombres más, dos regios llamados Ineas y Evin. Ambos eran entrenadores, altos y musculosos. Dado mi último arrebato me alegraba de que hubiera alguien en la habitación para controlarme, no quería hacerle daño a nadie.

–Agua –pedí. Mi voz sonó ronca y débil.

Evin desapareció por la puerta de mi habitación rápidamente sin decir nada. Nash se acercó hasta mí con cautela, se frotaba el pecho allí donde mi mano le había golpeado.

–No ha hecho más que empezar Nathaniel, sé fuerte, pasará.

–No puedo –Negué con la cabeza, incapaz de articular una frase completa.

Evin entró de nuevo en la habitación y se acercó hasta mí sin dudar con un vaso de agua entre las manos. Lo puso contra mis labios y bebí ansioso hasta la última gota, notando como la sensación de sequedad desparecía poco a poco. Apoyé la cabeza en la almohada cerrando los ojos y relajándome; la tranquilidad no duró mucho, una nueva embestida hizo que me retorciera de dolor. Esta vez luché por no desmayarme.

–Son demasiado potentes –logré articular–. Demasiadas sensaciones.

Nash entendió al instante lo que sucedía, gracias a nuestra conversación de la tarde anterior.

–¡Lucha Nathaniel! –me instó Nash–. Crea un muro, constrúyelo alrededor de tu mente y no dejes que nada lo atraviese.

Su voz me llegó junto con su preocupación. Intenté crear ese muro, visualicé los ladrillos y uno a uno los fui colocando a mi alrededor. Inmediatamente las sensaciones comenzaron a atenuarse y pude construir la pared más rápidamente. Sin embargo, comencé a ver grietas en ella que avanzaban agrandándose. La pared se desmoronó y la ola de sensaciones volvió a golpearme de nuevo aún más intensa. Era inútil, no podía enfrentarme a todo a la vez, sentimientos ajenos a mí me golpeaban una y otra vez mientras que mi cuerpo hervía por dentro, notaba cada uno de mis músculos contraerse y relajarse caóticamente, como si una corriente eléctrica me recorriera una y otra vez. Aquello acabaría por destrozarme de una u otra forma, no iba a ser capaz de superarlo.

–No puedo –gemí desesperado.

–Sí puedes, eres fuerte. No vas a dejarte vencer y lucharás. Construye esa pared ahora y conviértete en un digno hijo de tus padres. Sé que puedes hacerlo, ¿me oyes? –me interrogó cogiéndome de los brazos–. Eres el más especial de todos nosotros y vas a poder con todo lo que está por venir.

No entendí sus últimas palabras pero luché por hacerle caso y sobreponerme. O lo conseguía o no haría más que empeorar hasta llevarme al colapso, por desgracia, algunos de nosotros no sobrevivían a la transición y yo iba camino de convertirme en uno de ellos. Esta vez visualicé acero, robustas placas de acero impenetrables que fui colocando alrededor. De nuevo el torrente de sensaciones se atenuó mientras la pared crecía envolviéndome. Aguanté las embestidas que amenazaban con tumbarla y fui recobrando el control. Abrí los ojos exhausto y miré alrededor mientras luchaba por mantener en pie mi pared mental. Nash me observaba con cierta expresión de admiración.

–Resistes bien hijo, eres muy fuerte. Normalmente esta fase se prolonga durante horas.

–¿Horas? –pregunté desconcertado. No creía ser capaz de soportar aquella agonía durante horas, hubiera desfallecido antes.

–A veces incluso días –dijo con seriedad.

Cruzar aquellas sencillas frases con Nash perturbó mi concentración lo suficiente para que mis defensas cayeran. De nuevo luché por desterrar de mi mente la amalgama de sensaciones que fluían hacía mí. Mi cuerpo temblaba por el esfuerzo que suponía tratar de recuperar el control y volver a construir la pared protectora que me mantuviera aislado, cuando llegaron las arcadas no pude evitar vomitar la cena. Era vagamente consciente de que tanto Nash como Ineas y Evin estaban a mi alrededor, oía sus voces pero no lograba entender lo que decían, y las violencia de las embestidas que me acometían me hacían imposible mantener los ojos abiertos. Comencé a marearme y supe que si me dejaba llevar acabaría por desmayarme. Así que apreté los dientes y los puños, y conseguí reunir las últimas fuerzas que me quedaban para contener la siguiente oleada. Levanté la pared tan rápidamente como pude, distaba mucho de ser perfecta pero al menos filtraba el grueso de las emociones que llegaban hasta mí. Abrí los ojos tras asegurarme de que podría mantenerla estable.

–No ha pasado del todo –La alarmada expresión de Nash era todo cuanto necesitaba para darme cuenta de que había estado cerca de no conseguirlo–. Debes seguir resistiendo y aún queda la parte física del proceso. Una vez que concluya ya sabes que tu cuerpo ralentizará el envejecimiento.

Lo sabía, lo sabía demasiado bien. La primera parte del proceso para mí había consistido en una lucha mental, para otros podía pasar sin ningún tipo de signo exterior, ningún dolor ni señal de que algo estaba cambiando. Todo dependía del tipo de habilidad que desarrollásemos. Pero la segunda parte del paso a bellator era común para todos y resultaba extremadamente dolorosa. El crecimiento acelerado que experimentábamos no era algo que me hubiera preocupado hasta ese momento, solo entonces fui consciente de cuantas dudas había tenido sobre mi conversión; sin querer admitirlo ante mí mismo había pensando que no iba a tener que pasar por nada de esto. Sólo los que se transformaban en bellator lo sufrían. Como contrapartida, disfrutaban de una prolongada y sana vida. Nada de enfermedades durante años, en realidad durante varios siglos. Era una ventaja que la naturaleza nos había concedido, dado que éramos pocos en comparación con nuestros enemigos, nuestras vidas se alargaban para poder luchar contra ellos durante más tiempo.

Tras una breve pausa en la que apenas tuve tiempo de recuperar el aliento un dolor lacerante me atravesó las piernas, sentí como si los músculos se despegaran de los huesos. Aterrorizado me miré las piernas mientras me retorcía, seguro de ver como la piel se desgarraba. Lo único que observé fueron mis piernas hinchadas, totalmente abultadas. Traté de no gritar porque sabía que si me abandonaba y no contenía el alarido que estaba formándose en mi garganta, lo más probable es que mi pared mental volara en pedazos y ya no hubiera modo de alzarla de nuevo. El doble esfuerzo que estaba realizando ya la había resquebrajado, pero saqué fuerzas para mantenerla firme. Empezaba a creer que no iba a poder lidiar con todo, aguantar el dolor y las embestidas emocionales a la vez. Cuando sentí romperse una a una las costillas y mis pulmones se contrajeron dejándome sin aire, dejó de importarme lo que sucediera a continuación. Derrumbé yo mismo la barrera rezando por la inconsciencia. La oscuridad vino a mí y me dejé ir con una sonrisa en los labios.





Desperté totalmente dolorido, sentía cada uno de los músculos de mi cuerpo adaptándose, eran como algo vivo que se amoldaba a su nueva forma. Tirones y pinchazos se repartían a partes iguales por la totalidad de piernas y brazos. Cada inspiración era precedida de una llamarada de dolor que nacía en la parte alta del abdomen y se extendía hacia arriba hasta llegar a la garganta. Sin embargo, la intensidad de la tortura que había padecido había sido de tal calibre, que ahora no podía dejar de sentir alivio. El dolor ahora era mínimo. Noté algo más de claridad en la habitación, así que supuse que ya sería de día; abrí los ojos para comprobarlo.

–Ey, ya estás de vuelta.

Giré mi cabeza lentamente hacia Nash, que se encontraba recostado contra la pared con una taza humeante entre las manos. Pequeños destellos luminosos bailaron ante mis ojos hasta que fije la vista y parpadeé varias veces, solo entonces desaparecieron. Nash no mostraba síntoma alguno de alarma o preocupación, así que di por supuesto que lo peor debía haber pasado. Inmediatamente alcé mi pared mental para evitar que las sensaciones de medio pueblo me arrollaran de nuevo.

–¿Ha pasado? –pregunté aún aturdido.

–En teoría sí, pero quién sabe –contestó alzando levemente los hombros–. Tu transformación ha sido algo extraña, nadie se ha dormido nunca mientras experimenta el cambio físico. El dolor que provoca suele ser incompatible con el sueño –apuntó con una sonrisa en los labios.

››Estoy realmente sorprendido –Su voz tenía un ligero deje divertido, como si todo aquello le pareciera una broma–, no lo creería si no lo hubiera visto.

–En realidad me he desmayado –confesé avergonzado.

–Da igual, es algo único. No sabría decirte a ciencia cierta si todo ha acabado ya pero debería ser así. ¿Por qué no intentas levantarte?

–La posición horizontal ahora mismo me parece la mejor de mis opciones.

–Vamos, trata de moverte –me instó–. Cuanto antes lo hagas antes recuperará tu cuerpo la movilidad normal y te acostumbraras a tu nueva apariencia. Y si tienes ganas de bromear es que no ha sido para tanto.

–Puedes apostar a que sí –contesté.

De mala gana probé a mover mis piernas hacia el borde de la cama. Ahogué un quejido para no tener que avergonzarme más de mí mismo. Mi cuerpo protestaba con cada movimiento, era como tener agujetas tras haber pasado todo el día haciendo ejercicio pero multiplicado por mil. Me quedé quito en mitad del movimiento y apreté los dientes tratando de dominar el ligero temblor que parecía haberse adueñado de mis miembros inferiores. Tras un par de minutos de lucha, puse mis pies en el suelo y tomé impulso para levantarme. Inevitablemente mis piernas fallaron, no caí al suelo gracias a Nash que se había acercado hasta mí y me sujetó firmemente del brazo. Me miró esperando a que lo intentara de nuevo, no iba a dejar que me rindiera.

Me costó mantenerme en pie sin su apoyo pero finalmente lo conseguí. Al moverme, me sentí extremadamente torpe, como si hiciera tanto tiempo que no lo hacía que mi cuerpo hubiera olvidado como caminar. Miré hacia Nash que con un movimiento de cabeza me señaló el espejo que había en la pared de enfrente. Con una evidente falta de coordinación que estuvo apunto de hacerme caer varias veces me dirigí hacía él, temiendo que en cualquier momento mis fuerzas fallaran de nuevo y sintiendo a cada paso pequeños aguijonazos bajo cada centímetro de piel. Atisbé con algo de miedo el espejo en busca de los cambios con los que sabía me iba a encontrar. En mi cara aprecié detalles diferentes. Mis ojos eran los mismos ojos verdes de siempre pero mis facciones se habían endurecido, los labios eran algo más gruesos y mi mandíbula más firme, algo más cuadrada. También tenía una barba de tres días que había salido de la nada, el día anterior ni siquiera estaba ahí. Al menos mi pelo seguía idéntico, de un negro intenso formando pequeños mechones alborotados. Bajé la mirada hacía mi cuerpo.

–¡Dios! –exclamé casi a voz en grito– ¿Ese soy yo?

–Ajá –fue lo único que respondió Nash. Era evidente que mi reacción le divertía.

–¿Siempre es un cambio tan espectacular? –pregunté algo sorprendido. No recordaba haber visto en ningún bellator una transformación tan severa.

–La verdad es que he visto pocos casos como el tuyo, has aumentado al menos dos tallas, y tus músculos se han desarrollado en la misma medida. Teniendo en cuenta que eras de complexión delgada y que el cambio suele ser proporcional a la talla, es algo extraño sí, pero todo esta noche lo ha sido.

Analicé de nuevo mi reflejo. Mi cuerpo era mucho más atlético y fibroso que antes, parecía duro como una piedra y los músculos habían adquirido una mayor definición. Mi espalda se había ensanchado hasta parecer la de un nadador profesional y mis piernas tenían el aspecto de dos gruesas columnas. Me di la vuelta retorciendo la cabeza para poder verme por detrás. En realidad, estaba ante una versión mejorada de mí mismo. Una amplia sonrisa apareció en mi rostro ante ese último pensamiento.

–Que no se te suba a la cabeza Nat, ahora no vale ir metiéndote con tus compañeros sólo por no ser como tú. Ni se te ocurra ir de abusón –se mofó apuntándome con un dedo mientras sonreía.

–Mmmm.... respecto a eso. Siento lo de anoche, no sé qué me pasó.

–No pasa nada, fue puro instinto. A pesar de lo que creas te controlaste bastante bien, diría que extremadamente bien, ni siquiera tuvimos que noquearte. No hubiera sido la primera vez que lo hiciéramos durante una transformación –comentó mientras parecía perderse en algún recuerdo–. Bueno, ahora vístete y vamos a desayunar algo. En unas horas te asignaremos zona y equipo y apenas vas a tener tiempo para acostumbrarte a tu nuevo yo.

–¿Cambiaré algo más físicamente? –pregunté tratando de parecer indiferente. La idea de que los cambios continuaran junto con el dolor, no me hacían especial ilusión por mucha mejora que conllevaran.

–Como te he dicho la teoría es que no, te mantendrás prácticamente igual que ahora durante mucho tiempo –Alargó la palabra mucho–. Tu pelo no crecerá, ni esa barba que te ha salido de la noche a la mañana. Pincharás a las chicas cuando las beses pero míralo por el lado bueno, no vas a necesitar ir nunca a la peluquería –Dicho esto, rió a carcajada limpia. Su buen humor delataba el alivio que sentía porque todo hubiera terminado.

Me acaricié mi nueva barba mientras me miraba otra vez en el espejo y no pude evitar sonreír. Ahora aparentaba unos veinticinco años, parecía más adulto de lo que realmente era y no cambiaría sustancialmente de aspecto al menos durante unos cuantos siglos. Mientras le acompañaba hacia la cocina sus carcajadas cesaron de repente.

–Tienes los mismos ojos que tu padre, eso no ha cambiado en absoluto.

–¿Le conociste, verdad? –pregunté con la esperanza de que me contara algo más de él. No podía entender la negativa de todos a hablarme sobre mi padre salvo que hubiera cometido algún error realmente vergonzoso, cosa que siendo un bellator era poco probable.

–Desayuna algo. Te espero en el gimnasio –fue lo único que contestó mientras se dirigía a la puerta–. Por cierto, feliz cumpleaños.

Busqué en mi mente cualquier cosa que pudiera decir para evitar que se marchara pero conociendo a Nash dijera lo que dijera no conseguiría sacar una palabra más de su boca. Incluso pensé en sondear sus emociones en busca de algo que me diera una pista sobre como se sentía al hablar de él, aunque eso conllevara arriesgarme a una avalancha de sentimientos. Antes de darme cuenta cerraba la puerta dejándome a solas con mis encontrados pensamientos. El recuerdo de mi padre parecía ser algo vetado por todos y no era algo que pareciera capaz de remediar, la mención de la similitud entre los ojos de mi padre y los míos era lo único que había escuchado sobre él en años. La frustración que mi ignorancia sobre el tema me producía la aplacaba únicamente el hecho de que por fin me había convertido en un guerrero regio. Era un bellator de pleno derecho, la lucha y la vida que tantas veces había imaginado acababa de dar comienzo.

A partir de aquel momento todo se sucedería relativamente deprisa. Me asignarían equipo, podían enviarme a cualquier región del mundo pero probablemente sería una gran ciudad de Europa. Por norma general cada continente contaba con sus propias comunidades, y aunque de vez en cuanto algunos miembros viajaban medio mundo para ayudar en determinadas misiones era más probable que como novato me quedará en zona europea. A partir de ese momento ya no habría entrenamientos ni sesiones teóricas, todo lo que había aprendido hasta ahora tendría que ser suficiente para combatir las amenazas que fueran surgiendo.

Nash, como guía, controlaría periódicamente mis actuaciones. Aunque era algo prácticamente rutinario. De un bellator se esperaba que no fallara porque cualquier error podía suponer la muerte de un humano o la de un miembro del equipo. Esa clase de presión era una de las cosas que nos enseñaban a asumir, pero era muy diferente hacerlo durante la instrucción a saber que las vidas que estaban en tus manos eran reales. Por esa razón, Nash solía practicar con nosotros a menudo algunos arriesgados ejercicios en los que la integridad física de un compañero dependía enteramente de nuestras decisiones. Anais y yo formábamos pareja en esas prácticas y nunca habíamos resultado heridos, pero mis nuevos compañeros serían desconocidos para mí, solo esperaba congeniar bien con ellos.

Para los bellator había muchas ocasiones en las que su equipo representaba la diferencia entre continuar vivo o perecer. Enfrentarse a un aquelarre de brujas solo era algo que ninguno de los nuestros podía hacer y vivir para contarlo, por muy poderoso que fuera el guerrero y muy débil la unión entre las brujas. Los licántropos solían atacar en manada, y su ferocidad los convertía en extremadamente peligrosos. Los vampiros eran más solitarios, era común encontrarlos solos o en parejas, pero a veces no dudaban en aliarse si podían encontrar provecho en dicha alianza. Eso sin contar con las pequeñas hadas traicioneras o los sanguinarios demonios. Así que contar con el respaldo de otros bellator era imprescindible.

Los grupos contaban con al menos tres integrantes, que por la variabilidad de sus habilidades solían ser suficientes para eliminar cualquier desorden que se produjera en su zona. A nuestro favor contábamos con el respeto que nuestro linaje había conseguido obtener de las criaturas sobrenaturales a lo largo de siglos de lucha y sangre. En la actualidad eran muchos los seres que preferían controlar sus primitivos instintos a tener que lidiar con nosotros, incluso en determinadas ocasiones llegábamos a establecer precarios pactos si eso nos ayudaba a llegar hasta nuestro objetivo.

Esa era la vida que me esperaba a partir de ahora y lo único en lo que podía pensar en ese momento era en ponerme en marcha cuanto antes.