miércoles, 16 de mayo de 2012

Bellator: capítulo dos


Capítulo dos

Al caer la noche volví algo más animado a mi casa, había apartado de mi mente la visión y ya no estaba tan inquieto. Mientras me preparaba una cena ligera sonreí para mí mismo al recordar algunas de las bromas que Anais había hecho a mi costa durante la tarde. Pensé también en la última vez que mi madre había estado en casa, lo distante que se mostraba y como apenas si me había dirigido la palabra. Solo cuando volví a preguntarle por mi padre cambió su gesto serio por tristeza. Aún así no me contó nada sobre él. Mis intentos de conocer algo de él siempre habían acabado en un fracaso absoluto y aquella vez no fue distinta

Mientras cenaba, traté una vez más de imaginarme a mi padre. ¿Me parecería a él? ¿Por qué nadie quería contarme nada? Era como si todo el mundo hubiera sellado algún tipo de pacto secreto al respecto o como si simplemente todos hubieran decidido olvidarse de él. Recogí los platos y los fregué malhumorado. Al terminar, me metí en la cama rezando para que el sueño me llegara pronto y pasara horas dando vueltas en la cama como la noche anterior.



Un imponente acantilado se alzaba ante mí, me encontrada de pie mirándolo fijamente desde la misma playa de arena negra, las olas bañaban mis pies y podía incluso sentir como mojaban el bajo de mi pantalones. Giré la vista hacia el sur, donde la playa terminaba bruscamente y se alzaba una hilera de árboles enormes. Algo se movió entre ellos muy velozmente, apenas un borrón. Esta vez me concentré en el bosque escudriñando las sombras, estaba seguro de que alguien me estaba observando. A pesar de que era una noche sin luna, era capaz de ver lo que rodeaba sin ningún problema. Detecté otro movimiento hacia mi izquierda, pero seguí sin poder distinguir de que se trataba. Me encaminé hacia los árboles lentamente y justo al alcanzarlos volvió a mí aquella angustiosa sensación de pérdida. En el mismo momento en que la rabia comenzaba a inundarme oí un alarido desgarrador que me hizo correr adentrándome en el bosque. Los árboles fueron desdibujándose a mi paso mientras corría.


Desperté gritando y empapado en sudor pero sin embargo temblaba de forma descontrolada. Una ola de sentimientos me invadió repentinamente: miedo, placer, remordimiento, cansancio; todos a la vez. Me agarré la cabeza con las manos como si con ello pudiera conseguir dejar de sentirlos y volví a gritar esta vez totalmente consciente, hasta que sólo sentí mi propia confusión. En ese mismo instante la puerta de mi cuarto se abrió y entró Nash. Su gesto era de clara preocupación, aunque su mirada de determinación al acercarse a mí no dejaba lugar a dudas, sabía perfectamente lo que estaba ocurriendo. Había alguien más detrás de él pero no me molesté en mirar quién era. Mis ojos estaban fijos en los suyos.

–Ha empezado –Fue lo único que pude escuchar antes de que la ola de sentimientos me embistiera de nuevo con una potencia aún mayor.

Todo comenzó a oscurecerse y comprendí que me estaba desmayando. No hice nada por evitarlo, la inconsciencia carecía de todas esas sensaciones que habían empezado a atormentarme, cualquier cosa era mejor que aquella abrumadora turba de sentimientos.



Volvía a estar en la playa. No notaba ninguna sensación ajena a mí, lo que me hizo sentir un inmenso alivio. Una vez que comprendí que estaba teniendo de nuevo una visión, corrí inmediatamente hacia el bosque. Algo me acechaba y quería saber que era antes de que la visión se desvaneciera de nuevo. Me apoyé en un árbol cercano y dejé que mis ojos vagaran entre los árboles buscando lo que quiera que se escondiera entre ellos. En ese momento caí en la cuenta de que estaba tomando mis propias decisiones, aquello era algo más que una simple visión. Había conocido a algunos bellator clarividentes, como la madre de Anais, y sus visiones se desarrollaban al margen de su presencia, era como ver una película, o más bien, como estar dentro de ella pero con un guión ya escrito y sin opción a la improvisación. ¿Podría influir yo en ellas o simplemente los hechos se desarrollarían sin interferencia alguna a pesar de mi presencia?

Algo se movió entre los árboles, el sonido de pisadas sobre el manto de hojas que cubría el suelo llegó hasta mí junto con un jadeo. Fijé la vista en la dirección de la que procedía el ruido y fui acercándome lentamente procurando no hacer ruido, aunque estaba seguro de que fuera lo que fuera que había entre los árboles ya sabía que yo estaba allí. De repente, escuché murmullos justo delante mío. Permanecí quieto y agudicé el oído tratando de entender lo que decían. Dos voces femeninas discutían airadamente, pude sentir la rabia, el resentimiento, la tristeza, todo legaba a mí aunque sin la misma intensidad que antes, como si un filtro las atenuara. Avancé hacia las voces escondiéndome tras los árboles que encontraba a mi paso intentando no delatar mi presencia. Por fin dos figuras aparecieron ante mí, me refugié rápidamente detrás de un grueso árbol retorcido, amparándome en su sombra para evitar ser visto. Me asomé de nuevo lentamente. ¡Era Anais! Casi grité de alegría al verla. Mantenía una expresión de desolada tristeza, pero sus ojos brillaban con furia. Jamás en toda mi vida la había visto así. Además, estaba ligeramente cambiada, parecía más segura y desde luego estaba aún en mejor forma. Comprendí enseguida que ya era un bellator.
De espaldas a mí había otra chica con una larga melena castaña que le sobrepasaba la cintura. Vestía una chaqueta ligera y unos pequeños pantalones que dejaban al aire la piel de sus piernas, una piel pálida y perfecta. Se inclinaba en dirección a Anais en actitud claramente defensiva. No podía verle la cara pero sus sentimientos llegaron nítidos hasta mí. Estaba enfadada con Anais, pero un sentimiento de pena emanaba aún más fuertemente de ella. Sentí su tristeza tan intensamente como si fuera mía y me dieron ganas de abrazarla y susurrarle al oído palabras de consuelo.
Sin ser apenas consciente de ello, mi cuerpo se dejó llevar por la necesidad de aplacar su evidente desgracia y avancé un paso en su dirección. Una pequeña rama crujió bajo mi pie rompiendo el inquietante silencio. La desconocida se convirtió en un borrón en movimiento y Anais gritó desesperada.



De nuevo desperté gritando y traté de sentarme. La ropa se me pegaba al cuerpo empapada en sudor y notaba mi piel extremadamente caliente, como si tuviera fiebre. Sabía que el calor era normal, que el cambio requería de una cantidad elevada de energía y que mi cuerpo quemaba todo lo disponible para que este se produjera. Unas manos me sujetaron con fuerza contra la cama y luché por liberarme. En un acto reflejo, mi brazo derecho empujó el cuerpo que se cernía sobre mí y vi como salía volando contra el pequeño armario que había cerca de la ventana destrozándolo. La ola de sentimientos me golpeó de nuevo, la preocupación de los que me rodeaban fluía hacia mí como un río desbordado. Todo era tan intenso que parecía que me iba a desgarrar las entrañas. Finalmente, el dolor me obligó a recostarme en la cama agotado.

–Está siendo duro, lo sé –dijo Nash mientras se levantaba del suelo con una sonrisa en los labios– pero podías haberte ahorrado el empujoncito.

No pude evitar agradecer su particular humor aún en la más complicada de las situaciones, la calma que desprendía supuso además un momentáneo alivio. Intenté hablar pero tenía la garganta extremadamente seca, como si llevara días sin beber nada. Miré a mi alrededor y pude ver a dos hombres más, dos regios llamados Ineas y Evin. Ambos eran entrenadores, altos y musculosos. Dado mi último arrebato me alegraba de que hubiera alguien en la habitación para controlarme, no quería hacerle daño a nadie.

–Agua –pedí. Mi voz sonó ronca y débil.

Evin desapareció por la puerta de mi habitación rápidamente sin decir nada. Nash se acercó hasta mí con cautela, se frotaba el pecho allí donde mi mano le había golpeado.

–No ha hecho más que empezar Nathaniel, sé fuerte, pasará.

–No puedo –Negué con la cabeza, incapaz de articular una frase completa.

Evin entró de nuevo en la habitación y se acercó hasta mí sin dudar con un vaso de agua entre las manos. Lo puso contra mis labios y bebí ansioso hasta la última gota, notando como la sensación de sequedad desparecía poco a poco. Apoyé la cabeza en la almohada cerrando los ojos y relajándome; la tranquilidad no duró mucho, una nueva embestida hizo que me retorciera de dolor. Esta vez luché por no desmayarme.

–Son demasiado potentes –logré articular–. Demasiadas sensaciones.

Nash entendió al instante lo que sucedía, gracias a nuestra conversación de la tarde anterior.

–¡Lucha Nathaniel! –me instó Nash–. Crea un muro, constrúyelo alrededor de tu mente y no dejes que nada lo atraviese.

Su voz me llegó junto con su preocupación. Intenté crear ese muro, visualicé los ladrillos y uno a uno los fui colocando a mi alrededor. Inmediatamente las sensaciones comenzaron a atenuarse y pude construir la pared más rápidamente. Sin embargo, comencé a ver grietas en ella que avanzaban agrandándose. La pared se desmoronó y la ola de sensaciones volvió a golpearme de nuevo aún más intensa. Era inútil, no podía enfrentarme a todo a la vez, sentimientos ajenos a mí me golpeaban una y otra vez mientras que mi cuerpo hervía por dentro, notaba cada uno de mis músculos contraerse y relajarse caóticamente, como si una corriente eléctrica me recorriera una y otra vez. Aquello acabaría por destrozarme de una u otra forma, no iba a ser capaz de superarlo.

–No puedo –gemí desesperado.

–Sí puedes, eres fuerte. No vas a dejarte vencer y lucharás. Construye esa pared ahora y conviértete en un digno hijo de tus padres. Sé que puedes hacerlo, ¿me oyes? –me interrogó cogiéndome de los brazos–. Eres el más especial de todos nosotros y vas a poder con todo lo que está por venir.

No entendí sus últimas palabras pero luché por hacerle caso y sobreponerme. O lo conseguía o no haría más que empeorar hasta llevarme al colapso, por desgracia, algunos de nosotros no sobrevivían a la transición y yo iba camino de convertirme en uno de ellos. Esta vez visualicé acero, robustas placas de acero impenetrables que fui colocando alrededor. De nuevo el torrente de sensaciones se atenuó mientras la pared crecía envolviéndome. Aguanté las embestidas que amenazaban con tumbarla y fui recobrando el control. Abrí los ojos exhausto y miré alrededor mientras luchaba por mantener en pie mi pared mental. Nash me observaba con cierta expresión de admiración.

–Resistes bien hijo, eres muy fuerte. Normalmente esta fase se prolonga durante horas.

–¿Horas? –pregunté desconcertado. No creía ser capaz de soportar aquella agonía durante horas, hubiera desfallecido antes.

–A veces incluso días –dijo con seriedad.

Cruzar aquellas sencillas frases con Nash perturbó mi concentración lo suficiente para que mis defensas cayeran. De nuevo luché por desterrar de mi mente la amalgama de sensaciones que fluían hacía mí. Mi cuerpo temblaba por el esfuerzo que suponía tratar de recuperar el control y volver a construir la pared protectora que me mantuviera aislado, cuando llegaron las arcadas no pude evitar vomitar la cena. Era vagamente consciente de que tanto Nash como Ineas y Evin estaban a mi alrededor, oía sus voces pero no lograba entender lo que decían, y las violencia de las embestidas que me acometían me hacían imposible mantener los ojos abiertos. Comencé a marearme y supe que si me dejaba llevar acabaría por desmayarme. Así que apreté los dientes y los puños, y conseguí reunir las últimas fuerzas que me quedaban para contener la siguiente oleada. Levanté la pared tan rápidamente como pude, distaba mucho de ser perfecta pero al menos filtraba el grueso de las emociones que llegaban hasta mí. Abrí los ojos tras asegurarme de que podría mantenerla estable.

–No ha pasado del todo –La alarmada expresión de Nash era todo cuanto necesitaba para darme cuenta de que había estado cerca de no conseguirlo–. Debes seguir resistiendo y aún queda la parte física del proceso. Una vez que concluya ya sabes que tu cuerpo ralentizará el envejecimiento.

Lo sabía, lo sabía demasiado bien. La primera parte del proceso para mí había consistido en una lucha mental, para otros podía pasar sin ningún tipo de signo exterior, ningún dolor ni señal de que algo estaba cambiando. Todo dependía del tipo de habilidad que desarrollásemos. Pero la segunda parte del paso a bellator era común para todos y resultaba extremadamente dolorosa. El crecimiento acelerado que experimentábamos no era algo que me hubiera preocupado hasta ese momento, solo entonces fui consciente de cuantas dudas había tenido sobre mi conversión; sin querer admitirlo ante mí mismo había pensando que no iba a tener que pasar por nada de esto. Sólo los que se transformaban en bellator lo sufrían. Como contrapartida, disfrutaban de una prolongada y sana vida. Nada de enfermedades durante años, en realidad durante varios siglos. Era una ventaja que la naturaleza nos había concedido, dado que éramos pocos en comparación con nuestros enemigos, nuestras vidas se alargaban para poder luchar contra ellos durante más tiempo.

Tras una breve pausa en la que apenas tuve tiempo de recuperar el aliento un dolor lacerante me atravesó las piernas, sentí como si los músculos se despegaran de los huesos. Aterrorizado me miré las piernas mientras me retorcía, seguro de ver como la piel se desgarraba. Lo único que observé fueron mis piernas hinchadas, totalmente abultadas. Traté de no gritar porque sabía que si me abandonaba y no contenía el alarido que estaba formándose en mi garganta, lo más probable es que mi pared mental volara en pedazos y ya no hubiera modo de alzarla de nuevo. El doble esfuerzo que estaba realizando ya la había resquebrajado, pero saqué fuerzas para mantenerla firme. Empezaba a creer que no iba a poder lidiar con todo, aguantar el dolor y las embestidas emocionales a la vez. Cuando sentí romperse una a una las costillas y mis pulmones se contrajeron dejándome sin aire, dejó de importarme lo que sucediera a continuación. Derrumbé yo mismo la barrera rezando por la inconsciencia. La oscuridad vino a mí y me dejé ir con una sonrisa en los labios.





Desperté totalmente dolorido, sentía cada uno de los músculos de mi cuerpo adaptándose, eran como algo vivo que se amoldaba a su nueva forma. Tirones y pinchazos se repartían a partes iguales por la totalidad de piernas y brazos. Cada inspiración era precedida de una llamarada de dolor que nacía en la parte alta del abdomen y se extendía hacia arriba hasta llegar a la garganta. Sin embargo, la intensidad de la tortura que había padecido había sido de tal calibre, que ahora no podía dejar de sentir alivio. El dolor ahora era mínimo. Noté algo más de claridad en la habitación, así que supuse que ya sería de día; abrí los ojos para comprobarlo.

–Ey, ya estás de vuelta.

Giré mi cabeza lentamente hacia Nash, que se encontraba recostado contra la pared con una taza humeante entre las manos. Pequeños destellos luminosos bailaron ante mis ojos hasta que fije la vista y parpadeé varias veces, solo entonces desaparecieron. Nash no mostraba síntoma alguno de alarma o preocupación, así que di por supuesto que lo peor debía haber pasado. Inmediatamente alcé mi pared mental para evitar que las sensaciones de medio pueblo me arrollaran de nuevo.

–¿Ha pasado? –pregunté aún aturdido.

–En teoría sí, pero quién sabe –contestó alzando levemente los hombros–. Tu transformación ha sido algo extraña, nadie se ha dormido nunca mientras experimenta el cambio físico. El dolor que provoca suele ser incompatible con el sueño –apuntó con una sonrisa en los labios.

››Estoy realmente sorprendido –Su voz tenía un ligero deje divertido, como si todo aquello le pareciera una broma–, no lo creería si no lo hubiera visto.

–En realidad me he desmayado –confesé avergonzado.

–Da igual, es algo único. No sabría decirte a ciencia cierta si todo ha acabado ya pero debería ser así. ¿Por qué no intentas levantarte?

–La posición horizontal ahora mismo me parece la mejor de mis opciones.

–Vamos, trata de moverte –me instó–. Cuanto antes lo hagas antes recuperará tu cuerpo la movilidad normal y te acostumbraras a tu nueva apariencia. Y si tienes ganas de bromear es que no ha sido para tanto.

–Puedes apostar a que sí –contesté.

De mala gana probé a mover mis piernas hacia el borde de la cama. Ahogué un quejido para no tener que avergonzarme más de mí mismo. Mi cuerpo protestaba con cada movimiento, era como tener agujetas tras haber pasado todo el día haciendo ejercicio pero multiplicado por mil. Me quedé quito en mitad del movimiento y apreté los dientes tratando de dominar el ligero temblor que parecía haberse adueñado de mis miembros inferiores. Tras un par de minutos de lucha, puse mis pies en el suelo y tomé impulso para levantarme. Inevitablemente mis piernas fallaron, no caí al suelo gracias a Nash que se había acercado hasta mí y me sujetó firmemente del brazo. Me miró esperando a que lo intentara de nuevo, no iba a dejar que me rindiera.

Me costó mantenerme en pie sin su apoyo pero finalmente lo conseguí. Al moverme, me sentí extremadamente torpe, como si hiciera tanto tiempo que no lo hacía que mi cuerpo hubiera olvidado como caminar. Miré hacia Nash que con un movimiento de cabeza me señaló el espejo que había en la pared de enfrente. Con una evidente falta de coordinación que estuvo apunto de hacerme caer varias veces me dirigí hacía él, temiendo que en cualquier momento mis fuerzas fallaran de nuevo y sintiendo a cada paso pequeños aguijonazos bajo cada centímetro de piel. Atisbé con algo de miedo el espejo en busca de los cambios con los que sabía me iba a encontrar. En mi cara aprecié detalles diferentes. Mis ojos eran los mismos ojos verdes de siempre pero mis facciones se habían endurecido, los labios eran algo más gruesos y mi mandíbula más firme, algo más cuadrada. También tenía una barba de tres días que había salido de la nada, el día anterior ni siquiera estaba ahí. Al menos mi pelo seguía idéntico, de un negro intenso formando pequeños mechones alborotados. Bajé la mirada hacía mi cuerpo.

–¡Dios! –exclamé casi a voz en grito– ¿Ese soy yo?

–Ajá –fue lo único que respondió Nash. Era evidente que mi reacción le divertía.

–¿Siempre es un cambio tan espectacular? –pregunté algo sorprendido. No recordaba haber visto en ningún bellator una transformación tan severa.

–La verdad es que he visto pocos casos como el tuyo, has aumentado al menos dos tallas, y tus músculos se han desarrollado en la misma medida. Teniendo en cuenta que eras de complexión delgada y que el cambio suele ser proporcional a la talla, es algo extraño sí, pero todo esta noche lo ha sido.

Analicé de nuevo mi reflejo. Mi cuerpo era mucho más atlético y fibroso que antes, parecía duro como una piedra y los músculos habían adquirido una mayor definición. Mi espalda se había ensanchado hasta parecer la de un nadador profesional y mis piernas tenían el aspecto de dos gruesas columnas. Me di la vuelta retorciendo la cabeza para poder verme por detrás. En realidad, estaba ante una versión mejorada de mí mismo. Una amplia sonrisa apareció en mi rostro ante ese último pensamiento.

–Que no se te suba a la cabeza Nat, ahora no vale ir metiéndote con tus compañeros sólo por no ser como tú. Ni se te ocurra ir de abusón –se mofó apuntándome con un dedo mientras sonreía.

–Mmmm.... respecto a eso. Siento lo de anoche, no sé qué me pasó.

–No pasa nada, fue puro instinto. A pesar de lo que creas te controlaste bastante bien, diría que extremadamente bien, ni siquiera tuvimos que noquearte. No hubiera sido la primera vez que lo hiciéramos durante una transformación –comentó mientras parecía perderse en algún recuerdo–. Bueno, ahora vístete y vamos a desayunar algo. En unas horas te asignaremos zona y equipo y apenas vas a tener tiempo para acostumbrarte a tu nuevo yo.

–¿Cambiaré algo más físicamente? –pregunté tratando de parecer indiferente. La idea de que los cambios continuaran junto con el dolor, no me hacían especial ilusión por mucha mejora que conllevaran.

–Como te he dicho la teoría es que no, te mantendrás prácticamente igual que ahora durante mucho tiempo –Alargó la palabra mucho–. Tu pelo no crecerá, ni esa barba que te ha salido de la noche a la mañana. Pincharás a las chicas cuando las beses pero míralo por el lado bueno, no vas a necesitar ir nunca a la peluquería –Dicho esto, rió a carcajada limpia. Su buen humor delataba el alivio que sentía porque todo hubiera terminado.

Me acaricié mi nueva barba mientras me miraba otra vez en el espejo y no pude evitar sonreír. Ahora aparentaba unos veinticinco años, parecía más adulto de lo que realmente era y no cambiaría sustancialmente de aspecto al menos durante unos cuantos siglos. Mientras le acompañaba hacia la cocina sus carcajadas cesaron de repente.

–Tienes los mismos ojos que tu padre, eso no ha cambiado en absoluto.

–¿Le conociste, verdad? –pregunté con la esperanza de que me contara algo más de él. No podía entender la negativa de todos a hablarme sobre mi padre salvo que hubiera cometido algún error realmente vergonzoso, cosa que siendo un bellator era poco probable.

–Desayuna algo. Te espero en el gimnasio –fue lo único que contestó mientras se dirigía a la puerta–. Por cierto, feliz cumpleaños.

Busqué en mi mente cualquier cosa que pudiera decir para evitar que se marchara pero conociendo a Nash dijera lo que dijera no conseguiría sacar una palabra más de su boca. Incluso pensé en sondear sus emociones en busca de algo que me diera una pista sobre como se sentía al hablar de él, aunque eso conllevara arriesgarme a una avalancha de sentimientos. Antes de darme cuenta cerraba la puerta dejándome a solas con mis encontrados pensamientos. El recuerdo de mi padre parecía ser algo vetado por todos y no era algo que pareciera capaz de remediar, la mención de la similitud entre los ojos de mi padre y los míos era lo único que había escuchado sobre él en años. La frustración que mi ignorancia sobre el tema me producía la aplacaba únicamente el hecho de que por fin me había convertido en un guerrero regio. Era un bellator de pleno derecho, la lucha y la vida que tantas veces había imaginado acababa de dar comienzo.

A partir de aquel momento todo se sucedería relativamente deprisa. Me asignarían equipo, podían enviarme a cualquier región del mundo pero probablemente sería una gran ciudad de Europa. Por norma general cada continente contaba con sus propias comunidades, y aunque de vez en cuanto algunos miembros viajaban medio mundo para ayudar en determinadas misiones era más probable que como novato me quedará en zona europea. A partir de ese momento ya no habría entrenamientos ni sesiones teóricas, todo lo que había aprendido hasta ahora tendría que ser suficiente para combatir las amenazas que fueran surgiendo.

Nash, como guía, controlaría periódicamente mis actuaciones. Aunque era algo prácticamente rutinario. De un bellator se esperaba que no fallara porque cualquier error podía suponer la muerte de un humano o la de un miembro del equipo. Esa clase de presión era una de las cosas que nos enseñaban a asumir, pero era muy diferente hacerlo durante la instrucción a saber que las vidas que estaban en tus manos eran reales. Por esa razón, Nash solía practicar con nosotros a menudo algunos arriesgados ejercicios en los que la integridad física de un compañero dependía enteramente de nuestras decisiones. Anais y yo formábamos pareja en esas prácticas y nunca habíamos resultado heridos, pero mis nuevos compañeros serían desconocidos para mí, solo esperaba congeniar bien con ellos.

Para los bellator había muchas ocasiones en las que su equipo representaba la diferencia entre continuar vivo o perecer. Enfrentarse a un aquelarre de brujas solo era algo que ninguno de los nuestros podía hacer y vivir para contarlo, por muy poderoso que fuera el guerrero y muy débil la unión entre las brujas. Los licántropos solían atacar en manada, y su ferocidad los convertía en extremadamente peligrosos. Los vampiros eran más solitarios, era común encontrarlos solos o en parejas, pero a veces no dudaban en aliarse si podían encontrar provecho en dicha alianza. Eso sin contar con las pequeñas hadas traicioneras o los sanguinarios demonios. Así que contar con el respaldo de otros bellator era imprescindible.

Los grupos contaban con al menos tres integrantes, que por la variabilidad de sus habilidades solían ser suficientes para eliminar cualquier desorden que se produjera en su zona. A nuestro favor contábamos con el respeto que nuestro linaje había conseguido obtener de las criaturas sobrenaturales a lo largo de siglos de lucha y sangre. En la actualidad eran muchos los seres que preferían controlar sus primitivos instintos a tener que lidiar con nosotros, incluso en determinadas ocasiones llegábamos a establecer precarios pactos si eso nos ayudaba a llegar hasta nuestro objetivo.

Esa era la vida que me esperaba a partir de ahora y lo único en lo que podía pensar en ese momento era en ponerme en marcha cuanto antes.

jueves, 29 de marzo de 2012

Bellator: Prólogo y primer capítulo.

Bueno, vuelvo después de milenios desaparecidas, pero os traigo una sorpresita!!! el prólogo y el primer capítulo de mi novela: Bellator. Espero que la disfrutéis u espero también vuestras opiniones. Ando en busca de editorial, así que por lo pronto no os puedo mostrar nada más. Si al final no sale, os iré colgando capítulos. y ya trabajo en otra novela, cuando la tenga más avanzada os contaré cosillas!!!


PRÓLOGO

La mayoría de la gente no cree en ningún tipo de criatura sobrenatural, no creen en vampiros, brujos o licántropos; y con un poco de suerte muchos de ellos llegarán al final de sus vidas sin tener noticias de ellos. Unos pocos caerán víctimas de sus engaños y puede incluso que encuentren la muerte. Yo en cambio he sabido de su existencia desde que nací. Sé no solo que existen sino que además estoy destinado a vigilarlos, a velar para que los humanos continúen ajenos a ese mundo y sanos y salvos.
Soy un Regio, una raza concebida para proteger a los humanos, para mezclarnos con ellos y asegurarnos de que esas criaturas no les hacen daño alguno. Para ellos representamos una especie de juez y verdugo; marcamos el límite que no deben traspasar, bajo ningún concepto pueden matar a un humano. Si acatan esa única norma les dejamos vivir tranquilos, quebrantarla supone su propia muerte.
Para llevar a cabo esta tarea, desde muy corta edad somos sometidos a un duro entrenamiento, tanto físico como mental. Sin embargo, sólo unos pocos de nosotros se convertirán en bellator, los verdaderos guerreros de nuestra raza. La principal diferencia de los bellator es que desarrollan habilidades primarias, ciertos poderes que no se manifiestan hasta cumplir dieciocho años; debido a esto, todos somos entrenados por igual hasta ese día. Una vez superada la transformación, los bellator son enviados a las zonas conflictivas o allí donde son más necesarios. Persiguen y dan caza a aquellos seres que transgreden la norma.
Ese el rito de paso de nuestra raza y aunque en el fondo todos deseamos convertirnos en bellator, la transición no es nada agradable, es un proceso tremendamente doloroso que entraña incluso cierto riesgo. Pese a ello, soportamos ese sufrimiento con la certeza de que nos convertirá en guerreros.
Toda mi vida ha transcurrido en este pequeño pueblo, un remoto lugar perdido en alguna parte de Los Alpes Suizos, lejos de cualquier signo de civilización y prácticamente inaccesible para quien no sepa donde se encuentra realmente. Es parte de nuestro destino, permanecer aislados hasta estar lo suficientemente preparados, lejos de las miradas humanas y lo que es aún más importante, lejos de nuestros enemigos. El aislamiento sólo se interrumpe en ocasiones concretas, cuando es necesario abastecernos, cuando algún grupo vuelve para descansar o para traernos nuevas noticias, o cuando un amigo nos visita, aunque esto último ocurre en contadas ocasiones.
Pero hoy todo es diferente, hoy es la víspera de mi décimo octavo cumpleaños, si mañana me convierto en un bellator saldré al mundo como un guerrero. Todo mi entrenamiento será puesto a prueba, podré por fin luchar y hacer frente a mi destino. Puede que mañana mi vida cambie por completo.


CAPÍTULO UNO

Me alejé del pueblo buscando un poco de soledad, apenas había podido dormir la noche anterior, estaba demasiado nervioso para conciliar el sueño. Por fin había completado mi entrenamiento e iba a formar parte de la comunidad en activo. Era bueno, lo sabía. Pero aún no conocía del todo mis habilidades y eso me ponía terriblemente nervioso. Me inquietaba tremendamente la imposibilidad de controlar lo que pudiera suceder al día siguiente. Y para añadir una mayor incertidumbre, no había manera de adivinar si me convertiría en un bellator. Aquello era lo que más me atormentaba, no quería seguir encerrado en aquella pequeña aldea, y lo que es peor, estaba seguro que decepcionaría no solo a mi madre si no me convertía en un guerrero, sino también al resto de la comunidad.
Así que me dediqué a analizar cualquier cosa que me pareciera extraña, observé mi cuerpo, mis manos, todas y cada una de mis sensaciones, en busca de algo que me indicara que realmente esa noche iba a operarse el cambio. Podía sentir el bombear de mi corazón acelerado, el vello erizándose en mis brazos debido a la fresca brisa que se había levantado, e incluso los músculos estirándose mientras caminaba, pero no había nada más, ningún indicio, ninguna sutil diferencia.
Insatisfecho por mi inútil análisis, me senté junto al arroyo al que tantas veces había acudido durante todos estos años, recostándome en el gran árbol que se inclinaba sobre su orilla. Sus ramas se agitaban con el viento produciendo un suave sonido que normalmente me tranquilizaba, si bien no logró su efecto en ese momento. Acabada la primavera, el bosque estaba en su máximo esplendor: una densa alfombra de vegetación cubría el suelo y la luz se colaba entre los árboles, creando pequeños focos de luminosidad y calor. Respiré profundamente mientras cerraba los ojos e intenté vaciar mi mente de cualquier pensamiento. Uno a uno, aislé los sonidos que me rodeaban, el agua discurriendo cauce abajo, un pájaro que cantaba alegremente desde la copa de un árbol, pequeños crujidos de los viejos troncos cercanos. Continué así durante lo que me pareció un largo rato, hasta que percibí que alguien se acercaba.
–¿Anais? –pregunté en voz alta. No tenía a nadie a la vista pero algo me decía que era ella.
Un momento después, su cabeza asomó a mi derecha, su cuerpo quedaba oculto por el grueso tronco que me servía de apoyo. Me miró con curiosidad y asintió ligeramente con la cabeza antes de hablar.
–Tus sentidos se agudizan –murmuró mientras una leve sonrisa asomaba a su boca.
Por algún motivo que yo desconocía, todos los que me rodeaban estaban seguros de que mis cualidades superarían en mucho al resto de mi generación. La mayoría de regios de la comunidad esperaban no solo que me convirtiera en bellator, sino que fuera realmente poderoso. Aunque era algo que deseaba de una manera casi obsesiva, no me sentía diferente y aún no había dado muestra alguna de estar desarrollando habilidades primarias. No pude evitar pensar que se estaban equivocando conmigo, que no iba a convertirme en bellator, simplemente sería un regio más.
Tuve que reprenderme por ese último pensamiento, cada regio contaba, cada uno de nosotros, bellator o no, suponía la diferencia. Todos teníamos una función luchando o ayudando a los que lo hacían para que los humanos pudieran seguir adelante con sus vidas, sin enterarse siquiera de que había seres oscuros que rondaban a su alrededor y seres luminosos que los protegían.
–Ha sido simple casualidad –respondí incómodo a Anais cuando me percaté de que continuaba observándome.
–Me has sentido llegar, ¿no es así?. Yo ni siquiera sabía si estarías aquí y tú me has detectado antes de que me acercara lo suficiente para que me vieras. Tu madre era poderosa, ya sabes que tienes muchas probabilidades de ser como ella, quizás mejor.
No pude evitar suspirar. Anais tenía razón, mi madre era uno de los bellator más poderosos que existían. Esa era una de las causas por las que todos pensaban que yo lo sería igualmente. Pero también implicaba que estaba siempre demasiado ocupada para volver al hogar. Mientras intentaba recordar la última vez que me había visitado comencé a sentirme extraño, se me tensaron todos los músculos del cuerpo y una alarma interior comenzó a sonar cada vez más alta. Tenía una terrible sensación de peligro, la misma tensión que se tiene ante un ataque inminente. Comencé a respirar aceleradamente cuando todo lo que me rodeaba se convirtió en una mancha borrosa, incluyendo la cara de Anais que me hablaba sin darse cuenta que ni siquiera podía escucharla.
Era noche cerrada y me encontraba en una pequeña playa, un acantilado se erguía a mi derecha y a mi espalda se alzaban una hilera de pinos que delimitaban el comienzo de un denso bosque. Mientras giraba la cabeza en todas direcciones tratando de adivinar donde podía encontrarme atisbé algo que se movía de forma veloz por el rabillo del ojo, demasiado rápido para poder vislumbrar de qué se trataba. Y entonces comencé a sentirme desdichado, era como si de repente hubiera sufrido algún tipo de pérdida, como si arrancarán de mi lado a alguien tan querido que apenas podía soportarlo. Mis emociones bailaban dentro de mí sin que fuera capaz de saber de dónde venían todos aquellos sentimientos. Aturdido traté de sentarme en la arena, pero antes de llegar a hacerlo, me inundó tal sentimiento de rabia y odio que caía de rodillas y tuve que usar toda mi fuerza de voluntad para no gritar. Aún gruñía cuando todo comenzó a desaparecer y mi visión se volvió nítida de nuevo.
–¿Qué diablos ha sido eso? –gruñí desconcertado.
Respiraba aceleradamente, tenso y totalmente alerta, apretando los puños tan fuertemente que notaba mis uñas clavarse en las palmas de las manos. Sudaba como si hubiera estado entrenando durante horas. Una mano se posó sobre mi hombro; de un salto me puse en pie preparado para atacar.
–Ey, tranquilo. ¿Qué es lo que te pasa? –Su mirada pasó del asombro a la comprensión–. Has visto algo –afirmó rotunda–. No lo niegues.
Al ver que no contestaba continuó hablando.
–¡Oh, vamos! He visto esa expresión en la cara de mi madre cada vez que tiene una de sus visiones. Tienes exactamente la misma mirada que ella, ¿qué has visto?
–Está bien –admití sentándome de nuevo en el suelo. Mi cuerpo continuaba crispado, pero traté de volver a respirar despacio y tranquilizarme–. No sé muy bien lo que he visto, sólo un acantilado y algo o alguien que se movía muy rápido. He notado... quiero decir que me he sentido... –Agaché la cabeza y dejé la frase inconclusa, era demasiado complicado de explicar, y todavía estaba aturdido.
Anais me miraba expectante, ansiosa por conocer todos los detalles con aquella intensa curiosidad que siempre sentía por todo lo que desconocía. Conseguí aplacar las sensaciones que aún me rondaban y apartarlas a un lado, iba a tener que contarle algo o estaba seguro que me acosaría a preguntas el resto de la tarde.
–En un primer momento fue como si alguien fuera a atacarme, como si mi cuerpo se preparara para luchar, luego me sentí tremendamente desgraciado, y por último furioso –resumí, tampoco es que yo estuviera muy seguro de que era lo que había pasado.
–Ahí lo tienes, estás desarrollando tus habilidades primarias. A partir de mañana las visiones serán cada vez más complejas y más nítidas. Si has podido sentir algo es probable que te conviertas también en empático, es algo inusual pero no imposible –Anais sonreía emocionada, dando saltos a mi alrededor como una niña pequeña, totalmente convencida de lo que decía–. ¡Vas a ser un bellator!
¿Empático?,¿visiones? No podía haber desarrollado la habilidad de dominar los elementos o una fuerza brutal, tenían que tener visiones. Bufé exasperado ante la expectativa de pasarme el resto de la vida conociendo todo lo que los demás sentían y me puse de pie evitando la mirada de Anais, no quería que viera la decepción que estaba seguro mostraba mi cara. Hubiera tenido que estar contento, tal y como estaba Anais, aquello era una señal de que con toda probabilidad iba a convertirme en bellator y eso era al fin y al cabo lo que tanto había deseado. Supuse que los contradictorios sentimientos de la visión aún revoloteaban en mi interior y no me dejaban pensar con claridad.
–¿Viste a alguien? En tu visión quiero decir...
–No, a nadie. Pero me preocupa la sensación de pérdida, era abrumadora.
No podía dejar de preguntarme si mi madre estaría en peligro en un futuro cercano, las últimas noticias que tenía de ella era que estaba en Moscú con otros dos regios, ignoraba si su misión entrañaba un riesgo mayor del que normalmente ya asumíamos. Si era ella la que estaba en peligro no había manera de que yo pudiera hacer nada, pero no por eso me resultaba más fácil asumirlo. Cada uno de nosotros debía aprender a los largo de nuestros primeros dieciocho años que el peligro y la muerte eran parte de lo que éramos, nuestra raza había luchado desde el principio de los tiempos contra toda clase de criaturas, pero por mucho que nos preparáramos para ello había muchas posibilidades de que el final no fuera feliz.
Sin decir nada más comenzamos a caminar de vuelta al pueblo. Anais andaba con paso rápido y ágil como siempre, iba ligeramente por delante de mí, así que me concentré en observarla para olvidar la turbación que aún sentía por la visión. Su andar era elegante. Siempre había sido delgada, aunque su cuerpo se había vuelto más fibroso debido al entrenamiento. Una larga melena negra caía sobre su espalda, algo alborotada por el viento. Era extremadamente bella sin ninguna duda. No podía verle la cara pero conocía sus rasgos al detalle, y sabía que en ese momento estaría sonriendo. Tenía tantas ganas como yo de convertirse en bellator, y que yo hubiera mostrado indicios de que así sería era suficiente para que se mostrara feliz. ¿Y si fuera ella la que corriera peligro?
–Mierda –murmuré entre dientes sin darme apenas cuenta.
Se giró hacia mí con expresión interrogante, aparentemente se moría de ganas de hacerme más preguntas, pero me conocía tan bien como yo a ella, así que mi nerviosismo le bastó para no hacer preguntas. Me volvía muy poco hablador cuando algo me inquietaba.
Aparté la vista rápidamente para evitar que sus ojos negros vieran el temor en los míos. No dijo nada, simplemente dio media vuelta y continuó andando hacia el pueblo. Una vez que atravesamos los últimos árboles del bosque, aparecieron ante nosotros las primeras casas, el pequeño poblado en el que habíamos vivido todos estos años y que era posible que abandonara en los próximos días. Anais se despidió de mí con un guiño y vi como se alejaba corriendo hacia su casa. Seguramente estaba impaciente por contarle a alguien sus teorías sobre mis nuevas habilidades, pasaría horas interrogando a su madre al respecto ya que parecía ue compartiría con ella habilidad. Resignado y sabiendo que todos acabarían por enterarse de lo que había pasado, me encaminé hacía la casa de Nash, el guía de nuestra comunidad. Era necesario que se enterara de lo ocurrido, aunque al fin y al cabo mañana se acabarían las dudas, mañana sabría a ciencia cierta si era un bellator o no. Aún así tenía que explicárselo todo con detalle, la transformación era un paso peligroso y toda la información que tuviera al respecto podría ayudar llegado el momento. Era común que una vez iniciado el cambio, las habilidades brotaran de forma repentina y sin control. Sabía a ciencia cierta que mi madre había derribado la casa en la que se encontraba cuando tuvo lugar la suya, dejando solo una montaña de escombros en donde se había erguido una robusta vivienda de ladrillo. No iba a ser mi caso, pues las visiones poco daño físico podían hacerme pero la empatía era algo más peligroso que podía llegar a matarme si no la controlaba rápidamente.
Caminé despacio intentando retrasar mi conversación con Nash mientras repasaba mentalmente mi visión, intentando recordar cada detalle de lo que había visto y sentido. No me apetecía revivir toda aquel amasijo de sensanciones, aunque por otro lado deseaba que Nash confirmara la afirmación de Anais, deseaba sobre todo convertirme en un guerrero. Desde luego mis antecedentes familiares aumentaban claramente las posibilidades, si bien mi madre nunca hablaba de mi padre lo poco que sabía es que también era poderoso. Se llamaba Nathaniel y yo llevaba su mismo nombre.
Una vez frente a la casa golpeé suavemente la puerta. Una voz grave aunque amable contestó inmediatamente.
–Pasa Nathaniel.
Entré en la casa cerrando la puerta tras de mí. Estaba decorada de un modo bastante sencillo, pocos muebles y todos de carácter práctico, no había apenas ornamentos salvo un par de fotografías sobre la chimenea que mostraban a una chiquilla sonriente. Recordé que Nash tenía una hija que hacía ya años se había incorporado a uno de los grupos más numerosos, el que tenía asignada la zona de Madrid, en España. Volví mi mirada hacia Nash y le vi sentado tras el gran escritorio que había en la parte derecha de la habitación. Su sola presencia resultaba tranquilizadora a pesar de que medía alrededor de un metro noventa y tenía el pelo rapado al uno. Sus ojos se cruzaron con los míos, interrogándome silenciosamente. Me conocía lo suficientemente bien para saber que no era una visita de cortesía. Nash había sido como un padre para mí, me había cuidado y criado, dado que mi madre se vio obligada a volver a la actividad cuando yo aún no llegaba a los siete años. Mientras ella iba y venía de una misión a otra, Nash me enseñaba a valerme por mi mismo a la vez que me entrenada junto con el resto de los chicos de mi edad. Aquello era lo común aquí, donde muchos padres tenían que salir a luchar dejando atrás a sus hijos.
Acerqué una silla hasta él y me senté resoplando.
–Sigues asombrándome, aunque no voy a preguntarte cómo sabías que era yo.
Nadie podía acercarse a Nash sin que éste supiera quién era, era una de sus habilidades reconocer a la gente cercana aún antes de poder verlos, eso se unía a una especie de sexto sentido que le indicaba la naturaleza de las intenciones del individuo que tenía delante. Lo que le daba no poca ventaja frente a sus enemigos. Sin embargo, hacía ya años que había decidido quedarse aquí formando a las nuevas generaciones y de forma natural terminó por convertirse en el nuevo guía. No había conocido a Renia, su predecesora, pero estaba seguro de que él era aún mejor que ella.
–Pareces preocupado. No deberías estarlo, mañana todo habrá pasado –dijo inclinándose sobre el escritorio.
–No es eso –contesté rápidamente. A pesar de que estaba seguro de que notaba mi nerviosismo, no quería que pensara que temía el momento de mi transformación. Tomé aire varias veces y me preparé mentalmente para contarle lo que había ocurrido.
–He estado con Anais junto al arroyo, hablábamos tranquilamente y de pronto una imagen algo borrosa ha aparecido ante mí.
–¿Una visión? –preguntó inclinándose aún más en mi dirección. Su cara no varió de expresión, con lo cual me fue imposible adivinar si se alegraba o no de que la clarividencia fuera mi habilidad primaria.
–Eso creo. Apenas pude ver un acantilado y algo moviéndose rápido a mi alrededor. Pero.... –Dudé sin saber muy bien que decir, no me sentía cómodo admitir todo lo que había sentido–, también percibí distintas emociones: pérdida, pena...
–Así que además eres empático –concluyó–, interesante.
Una pequeña sonrisa asomó a sus labios mientras asentía, sus ojos brillaban y un momento fue como si estuviese mirando más allá de mí, pensando en algún recuerdo lejano. Bajé la cabeza algo cohibido, por alguna razón me sentía ridículo frente a él a pesar de que nunca había sido así, no con él. Durante un par de minutos el silencio reinó en la habitación. Pensé en decir algo, sin embargo no sabía qué, así que esperé a que él hablara. Tras cerrar los ojos un momento como si intentará recordar algo, volvió a abrirlos.
–¿Sabes lo que eso significa, no? –preguntó finalmente.
–Supongo –contesté no muy convencido.
–Sea como sea, mañana lo sabremos, pero sé que te convertirás en bellator. No tienes de que preocuparte.
 Respecto a la visión, es probable que vuelvas a tenerla de nuevo así que ya hablaremos de ella cuando puedas ver todo de manera más clara.
Al terminar de hablar se levantó de la mesa dando por terminada la conversación. Supuse que tendría asuntos de los que ocuparse y que no se sentía inquieto ante lo que parecía ser la prueba de mi incipiente transformación. Hubiera deseado tener la misma calma por él, pero no dejaba de sentirme intranquilo. Me despedí con la mano y salí de la casa sin mirar atrás. Deseaba realmente que tuviera razón y que mañana por fin me convirtiera en un regio bellator, era lo que todos esperaban de mí y yo temía defraudarlos. Pero además ansiaba poder abandonar el pueblo y conocer el exterior.
Seguí caminando sin rumbo mientras le daba vueltas una y otra a lo sucedido en el arroyo e inevitablemente acabé delante de la casa de Anais, siempre terminaba allí. Riéndome de mí mismo entré en la casa sin llamar. Podía pasar la tarde con ella simplemente hablando, eso me distraería y haría que el tiempo transcurriera más rápido. Anais siempre había estado a mi lado, su casa era como una segundo hogar para mí.
Las horas transcurrieron sin darnos cuentas mientras charlábamos sobre todo lo imaginable excepto sobre mi transformación, a pesar de que lo más probable es que esa misma noche me convirtiera en bellator, Anais me conocía demasiado bien y sabía que darle más vueltas al tema me pondría aún más nervioso. Así que durante el tiempo que pasamos juntos evitó tocar el tema y yo no sentí gana alguna de sacarlo a colación. La adoraba por eso, entre muchas otras cosas.
Hubo un tiempo en que había creído sentir algo más por Anais que simple amistad, con apenas quince años y habiendo pasado toda nuestra infancia juntos, habría sido relativamente fácil sentirnos atraídos el uno por el otro. No solo eso, sino que encajábamos a la perfección, ella era testaruda y cabezota, yo tenía la paciencia que a ella le faltaba. Podíamos charlar durante horas, o bien pasar el rato juntos en silencio. Además, Anais era guapa, realmente guapa. Yo comencé a mirarla con otros ojos cierto día en el que por error entré en su cuarto sin llamar; a medio vestir, Anais no había sido lo suficientemente rápida para que no la viera y fuera consciente de que su cuerpo ya no era el de una niña.
Durante varias semanas me sentí distinto respecto a ella, incluso llegué a evitarla. Ella por su parte, parecía reacia también a quedarse a solas conmigo. Todo acabó de una manera algo extraña, en un pelea durante uno de los entrenamientos. Nash, al que no se le escapaba nada de cuanto ocurría en el pueblo, nos emparejó para que simuláramos una lucha y la simulación se nos fue de las manos, convirtiéndose en una pelea en toda regla. Cuando una de sus patadas me golpeó en plena cara y me tumbó, Anais acudió corriendo a mi lado pensando que me había echo daño. Lo que en realidad era cierto, porque sangraba profusamente por la nariz y me había roto el labio. Pero por alguna extraña razón aquello nos devolvió la confianza en nuestra amistad. Era raro pensar que todo volvió a su lugar a base de golpes, aunque creo que fue vernos como enemigos, como guerreros buscando la derrota del otro, lo que hizo que valorásemos la amistad que teníamos; al menos así fue para mí. 
Desde ese momento, no volví a pensar en Anais como otra cosa que una amiga, casi como una hermana. Volvimos a nuestra rutina de entrenamientos y risas compartidas, a pasar cada momento libre juntos. Nunca hablamos sobre el tema, ninguno de los dos sintió la necesidad de aclarar aquel malentendido, quizás porque ambos sabíamos que así es como debían ser las cosas o quizás porque la amistad que nos unía era más fuerte que todo lo que pudiera ocurrirnos. Yo deseaba que fuera esto último aunque sabía que la nueva vida que posiblemente emprendería mañana me llevaría muy lejos de ella.