viernes, 4 de marzo de 2016

La maldita relatividad del tiempo

Hace ya meses que vi una película que se titula In time, estoy segura de que muchos de vosotros también la habéis visto. El caso es que el argumento tenía muchísimo potencial: una sociedad futurista en la que la moneda de cambio es el tiempo y se pueden comprar o vender segundos, minutos u horas de nuestras vidas. Como es obvio, las de los pobres eran mucho menos longevas que las de los ricos. Pues bien, con esa premisa el film prometía mucho, aunque luego para mí se quedara en nada de nada. Eso sí, me alegré la vista un rato viendo a Justin Timberlake.




La cuestión es que llevo semanas dándole vueltas al tema del tiempo, y sobre todo a la falta de él. Soy de las que se maravilla cuando ve a alguien que, con un horario laboral de esos en los que casi no pisas la calle de día, aún le queda tiempo para apuntarse al gimnasio (apuntarse e ir, que no siempre ocurre), estudiar idiomas, ir a trotar con el perro por el parque antes de que salga el sol y además no perderse nunca una reunión con sus amigos. Y yo me pregunto, ¡¿cómo demonios lo hacen?! ¿Soy la única a la que le faltan horas al día y al ir a acostarse tiene una lista de tareas pendientes incluso más larga que cuando se levantó? O una es muy desorganizada o esa gente trafica con horas... Os lo digo yo.




Luego están los que dicen: Es que no tengo tiempo de nada. Y tú, con una hija pequeña a la que no puedes quitarle el ojo de encima ni un momento (a riesgo de encontrarte al gato disfrazado de Bob Esponja), los atraviesas con la mirada y te muerdes la lengua para no soltar alguna barbaridad. Recuerdas con añoranza esa etapa en la que nadie te levantaba de la cama al alba un domingo. Podías salir de casa en cuestión de segundos sin tener que llevar contigo el cargamento de los por si acaso (por si acaso la niña tiene sed, por si acaso le da hambre, por si acaso refresca, por si acaso cae una bomba nuclear y necesitamos un traje antirradiación...), y tampoco había problema en quedarse un hora tirada en el sofá mirando las musarañas. Entendedme, adoro a mi hija y no la cambiaría por nada, pero os aseguro que no se descubre lo que es en realidad tener falta de tiempo hasta que el tuyo deja de pertenecerte.



Tras darle vueltas y más vueltas, me he convencido de que cuántas más cosas haces, más cosas te da tiempo a hacer. Dicho así parece absurdo, lo sé. Pero es como cuando en la facultad solo tenías un examen para el que estudiar y no había forma humana de que te concentrases. La cosa cambiaba bastante cuando comprobabas en el tablón los horarios de los exámenes de febrero y veías que te habían puesto cuatro en la misma semana. ¡Cuatro! Ahí sí que te sentabas a estudiar, sí... Y no despegabas los codos de la mesa así se incendiara la biblioteca. Porque sabías que era ahora o nunca. No valía dejarlo para luego porque más tarde tocaba estudiar para otra asignatura, y la cosa se repetía hasta el infinito y más allá (que diría Buzz Lightyear).


Aplicando el mismo razonamiento a la vida diaria: no hay forma mejor de perder el tiempo que no tener nada que hacer. Está claro que cumplir con más tareas implica una mejor organización, pero no solo es eso, o al menos para mí no lo es. Hay otro factor importante: la motivación, y esta a veces se convierte en un círculo vicioso. Si no haces nada, no te dan ganas de hacer nada. Creo que las personas somos un poco como esas bicicletas que se recargan mientras las usas, y cuanta más energía empleamos en hacer cosas, más energía tenemos. ¿O no has pasado que tras un día de esos de relax estáis agotados? No hacer nada también cansa, me diréis...


Y es que, el tiempo es relativo y, por ahora, ni se compra ni se vende. Así que intentad disfrutar al máximo del vuestro y sacar partido a vuestras horas, sea de la forma que sea. Ah, y si veis un gato vestido de Bob Esponja, mandádmelo para acá, por favor.





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